Dormir con ruidos.
Escrito por JM el 16 - abril - 2008Los sufridores insomnes que han padecido el repetitivo chop de una gotera pueden entender a la perfección lo que significa para algunos el perpetuo zumbido de un coche, la algarabía testaruda que vomita el bar de abajo, el estruendo terco de un avión.
Ruido de día (uno de cada tres europeos soporta niveles elevados durante su jornada laboral) y ruido de noche (sin ir más lejos, para uno de cada cinco españoles la noche no es sinónimo de descanso). A los afectados hasta les sonará a coña que este miércoles se celebre el Día Internacional de la Conciencia sobre el Problema del Ruido. La entidad organizadora, la Sociedad Española de Acústica, proponía para el mediodía de hoy que todo el mundo guardara un minuto de silencio.
“¿Sabes lo que es vivir a dos metros escasos de una autovía por la que pasan cada día 164.000 vehículos y 2.000 autobuses? No puedes respirar ni tener una ventana abierta”. Son palabras de Manuel Dorado, portavoz de la Asociación de Vecinos de Batán, que no han parado de quejarse desde que ampliaron la carretera de Extremadura.
“Seis carriles de subida y seis de bajada. Es una vía urbana y no se debería poder circular a la velocidad de una autovía, pero el Ayuntamiento sólo ha cambiado las placas del límite de velocidad: de 80 a 70 kilómetros por hora. Nosotros estábamos antes que esta carretera”.
Dorado enumera problemas auditivos y respiratorios de los afectados. “Esto es un desastre y las autoridades no toman ninguna decisión, pero si hace falta nos quejaremos en Bruselas”, asegura el portavoz de los Vecinos de Batán, quien recuerda que su via crucis comenzó con la expropiación de unas fincas que terminó acercando la carretera a sus casas. “Ahora, ni puedes hablar por el portal automático porque no se escucha nada”.
“Parecía un terremoto”
Si estos vecinos soportan 85 decibelios, según Dorado, los de Las Castellanas, en San Fernando de Henares, también tienen motivo para quejarse. El fragor de los aviones obligó el pasado septiembre a trasladar todo un barrio a otro lugar de este municipio madrileño. Medio año después, sus vecinos recuerdan lo que oían antes de la mudanza.
“Parecía un terremoto, se movían las lámparas, los cristales. Era imposible dormir, me pasaba toda la noche levantada”, explica Purificación, de 64 años. Lo mismo le pasaba a su vecino Jerónimo, de 78 años, que ahora ve pasar los aviones desde su ventana, pero ya no le sobresaltan sus ruidos.
El terreno en el que se ubicaba Las Castellanas está ahora cubierto de escombros. Los vecinos, que fueron realojados en la calle María Teresa de León, intentan que Aena, la entidad que pagó su traslado, les arregle las casas en las que les alojaron, que presentan deficiencias.
El ruido de los bares
Menos complejas, pero también mucho más habituales son las quejas de los residentes que tienen que soportar los ruidos de los locales de ocio. Isabel Rodríguez representa a la Asamblea Ciudadana del Barrio de Universidad (ACIBU), donde se encuentran dos tradicionales zonas de copas madrileñas: la roquera Malasaña y la vinícola Conde Duque. Explica que “el problema es que los bares a veces dejan las puertas abiertas, sin estar insonorizados y con la música a todo trapo”.
Ahora, con una hora de cierre rígida, las calles se pueblan de clientes a partir de las dos y media de la madrugada, cuando comienzan a cerrar los bares, lo que genera una procesión de ruido concentrado. “Se podría entender si fuese un ruido puntual, pero como hay vendedores de cerveza en las esquinas, la juerga continúa fuera”. Los fines de semana, en todo caso, Malasaña vive un mayor control policial que en épocas pasadas.
¿Pasaría la solución por alejar los centros de ocio del centro de las ciudades? “El remedio no está en un polígono. Tal vez esto pase por la educación de la gente. Por otra parte, los locales dicen que la insonorización supone un gran coste y que deberían tener algún tipo de subvención, pero lo que hace falta es que acaten la ley y que haya más inspecciones”, concluye Rodríguez.
Sentencias ejemplares
Cada mes aparecen sentencias de ciudadanos que demandan a locales, al ayuntamiento de su ciudad o a sus propios vecinos porque el ruido que no les deja dormir. Un habitante de la localidad barcelonesa de Mongat, por ejemplo, fue condenado el verano pasado a dos años de cárcel por el Tribunal Supremo por poner la música demasiado alta. Tuvo que pagar, además, una multa de 730 euros.
Otro juzgado condenó recientemente al consistorio de El Puerto de Santa María a indemnizar a uno de sus ciudadanos con 4.500 euros por la Motorada que se celebra cada año con motivo del Gran Premio de Motociclismo de Jerez, mientras que el de Carballo tuvo que hacer lo propio con otro vecino que soportó durante años el bullicio de la zona de copas. Llegó a presentar 65 denuncias en cuatro años y al final fue indemnizado con 18.534 euros.
Cientos de expedientes sancionadores en Madrid
Ciudades como Madrid tramitan decenas de sanciones al mes. En 2007, el ruido de interiores (causado por calderas, ascensores, aire acondicionado, extractores o el equipo de música) supuso 357 faltas. El ruido con incidencia en vía pública (alarmas, megafonías de vehículos, arrojar petardos), 437 expedientes sancionadores. Mientras que las medidas correctoras fueron 256.
En este último capítulo se incluyen las advertencias que el Ayuntamiento cursa aunque los decibelios no lleguen a su límite máximo, para que en el futuro no se produzca una infracción. Si eso ocurriese, sería tramitado un expediente sancionador por no haber puesto en práctica, precisamente, medidas correctoras a su debido tiempo. Por ese motivo, el año pasado hubo 41 tramitaciones. Quejas de vecinos, denuncias de la policía o mediciones propias del consistorio fueron los responsables de perseguir a los hacedores de ruido.
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