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Estados Unidos

...navegando por la palabra clave

 
 

Una pastilla para prevenir el SIDA.

Lunes, 24 / noviembre , 2008
VIH/SIDA.

VIH/SIDA.

El Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas (NIAID) de Estados Unidos está probando una píldora que podría prevenir que personas sanas se contagien con VIH, según confirmó hoy el instituto en Bethesda.

La prueba clínica con el principio activo Tenofovir es realizada actualmente en Estados Unidos y en otros países como Brasil, Tailandia, India y Sudáfrica. El medicamento es probado en personas con un alto riesgo de contagio, como homosexuales, drogadictos y prostitutas.

Los expertos en sida esperan que la píldora antisida reduzca el número de nuevas infecciones hasta que se encuentre una vacuna efectiva contra el virus. Sus críticos temen que esta nueva estrategia, llamada profilaxis preexposición (PrEP) reduzca el temor a mantener relaciones sin protección y lleve a una propagación acelerada del VIH.

La epidemia del sida ya mató a 25 millones de personas en todo el mundo. Unos 32 millones viven actualmente con el virus en la sangre, la mayoría en países africanos al sur del Sahara.

NASA, ¿cumpleaños feliz?.

Martes, 30 / septiembre , 2008
NASA.

NASA.

La National Aeronautics and Space Administration, más conocida como la NASA, cumple cincuenta años mañana. Y los cumple en un momento en que a Estados Unidos le cuesta encontrar su sitio tanto en la tierra como en el cielo. La gran agencia espacial norteamericana tiene que dejar de vivir de las rentas del pasado y superar su miedo al futuro si quiere seguir siendo grande, ha advertido su jefe, Michael Griffin. También tiene que aprender que la carrera espacial ya no es cosa de uno ni de dos, sino como mínimo de tres: China llega con fuerza.

Si ahora tengo 30 años, ¿puedo esperar ver con mis propios ojos la llegada del hombre a Marte? La pregunta se la hicieron hace poco a Wayne Hale, uno de los administradores de la NASA. Su respuesta arrancó con humor: «Yo tengo 54 años, y estoy seguro de que lo veré». Al final, el humor tiende ligeramente a negro, viniendo de un norteamericano: «Lo que no sé es de qué nacionalidad será el primer astronauta que llegue allí».

Y es que la NASA es la historia de una leyenda, pero también lo es de una obsesión, de nombre «guerra» y de apellido «fría». Cuando en 1958 el presidente Eisenhower dio la orden de crear una agencia espacial norteamericana no lo hizo por un amor empedernido a la Ciencia, ni por haber leído a Julio Verne de pequeño. Lo hizo porque los soviéticos habían lanzado el Sputnik. Después de no poco sufrimiento, pero también con no poco orgullo, el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Edwin E. Aldrin pisaron la Luna. Qué grande pareció ese día ser americano.

Desde ahí no es que haya ido todo cuesta abajo, pero casi. Conquistada la Luna resultó difícil volver a alcanzar metas comparablemente estimulantes. Y es que, aunque la ciencia-ficción haya acostumbrado a la gente a pensar en cohetes de cine que pulsando un botón saltan de dimensión y de galaxia, avanzar por el espacio sigue siendo una cosa ardua y lenta. Los lanzamientos alcanzan sólo una fracción de la velocidad de la luz, y aún empeñando en ellos cantidades abrumadoras de energía no se consigue llegar muy lejos. Si a eso se le suma el coste en vidas humanas pagado en los accidentes del Columbia y del Challenger, se comprende que el entusiasmo por las estrellas haya decaído.

El final de la guerra fría fue el inicio de la decadencia de la NASA. Los Estados Unidos parecían no tener ya motivos para ahondar en la materia, más cuando se trata de una materia carísima en época de vacas flacas. Los administradores de la agencia espacial tuvieron que fajarse duramente para que se les permitiera correr con el gasto -y con el riesgo- de mandar astronautas a reparar el telescopio Hubble.

El caso es que mientras el ruido de sables se apagaba en los cuarteles de la NASA, florecía calladamente otro tipo de esplendor. Surgía una vocación científica más desligada de la ambición exhibicionista o militar. Un modelo de carrera espacial más desinteresada y pacifista, donde los cielos no serían tanto, o no sólo, un campo de batalla, sino de cooperación e investigación. Por ejemplo para prevenir el cambio climático.

Desde este punto de vista, la NASA no sólo no ha languidecido sino que está más en forma que nunca. Sólo las observaciones del Hubble han ensanchado los horizontes de la ciencia hasta extremos maravillosos. Cada sonda espacial que se despacha a Marte buscando agua o indicios de vida vuelve cargada de posibilidades y sugerencias.

A Wayne Hale le gusta comparar la aventura de la NASA con el descubrimiento de América: dice que Isabel la Católica pudo vender sus joyas y darle el dinero a los pobres en vez de arriesgárselo y dárselo a Cristóbal Colón. «¿Cómo sabemos que la cura para el cáncer no se descubrirá en Marte?», apunta provocador en «The Washington Post».

Cohetes sin honra.

En la NASA están muy pendientes de la carrera presidencial americana. Sienten que ahí se decide también su futuro. Barack Obama empezó mostrándose frío con la carrera espacial por verla como un residuo militarista de la guerra fría, en cambio ahora que descubre su potencial civil está más dispuesto a darle aire. John McCain estaría en cambio más interesado en una agencia espacial más clásica, más pendiente de competir con los vecinos.

En el fondo ese es el dilema: cohetes sin honra, honra sin cohetes. George Bush prometió la vuelta a la Luna antes de 2020 y llegar a Marte alrededor de 2037, todo por el miedo de que se les adelante China. Otros creen que lo importante no es tanto eso como mantener viva la llama de la curiosidad. Y no tener prisa. Después de todo, sólo hace 516 años que Colón llegó a América.

Los puntos calientes del Ártico.

Jueves, 7 / agosto , 2008

La batalla por conquistar el último gran territorio virgen del planeta avanza indefectiblemente, y comienzan ya a dibujarse las fronteras del Círculo Polar Ártico. Un equipo de científicos de la Universidad de Durham, al norte de Inglaterra, publicó ayer un mapa en el que se detalla una eventual división de la gran masa de hielo.

El diseño británico muestra las disputas territoriales que enfrentan a Estados Unidos, Rusia, Canadá, Dinamarca y Noruega por el control de las heladas aguas del Polo Norte. Pero, sobre todo, por hacerse con las rutas comerciales y las ingentes reservas de petróleo y gas que se esconden bajo el Ártico.

“Hemos intentado mostrar todas las reivindicaciones conocidas y los límites acordados”, declaró ayer a la BBC el director del estudio, Martin Pratt. Su departamento, la Unidad de Investigación de Fronteras Internacionales (IBRU, en sus siglas en inglés), ha utilizado un avanzado sistema informático que tiene en cuenta todos los factores conocidos del contencioso. Su análisis geográfico marca las zonas de conflicto entre los cinco países enfrentados, que reclaman como propias.

La carrera por el Ártico comenzó hace décadas, y fue la Organización de Naciones Unidas la que marcó las reglas del juego en 1982. La Ley del Mar estableció entonces que los países ribereños tienen derechos económicos sobre las 200 millas náuticas (370 kilómetros) contadas a partir de sus costas, la Zona Económica Exclusiva (ZEE). Sin embargo, la misma norma fijó un plazo por el que, a partir de 2009, podrán solicitar una ampliación. Si un país demuestra que su plataforma continental, el lecho marino anexo al continente, sobrepasa el límite de las 200 millas, podrá extenderse mas allá.

Las circunstancias extremas y el enorme coste de los estudios necesarios para demostrar sus derechos no han frenado a las potencias interesadas. Todos los países han iniciado complejas investigaciones para reclamar una ampliación de su soberanía.

La tensión por el control del Ártico llegó a un punto culminante en agosto del pasado año, cuando Rusia plantó su bandera en el fondo marino situado bajo el Polo Norte. “La seguridad energética es un interés impulsor”, destacó Pratt, el director del estudio británico. De hecho, se calcula que la cuarta parte de las reservas desconocidas de petróleo y gas natural del mundo se ocultan en esta región. La evaluación geológica que presentó Estados Unidos en julio pasado cifra en 90.000 millones el número de barriles diarios de petróleo que podrían extraerse.

La conquista de las rutas marítimas es el segundo gran objetivo de la aventura ártica. El calentamiento global está acelerando drásticamente el deshielo, permitiendo nuevas vías comerciales. En 2007 se abrió el Paso del Noroeste, lo que rebaja hasta 14.000 kilómetros los 18.200 del trayecto entre Tokio y Nueva York. Su control ha sido reivindicado por Canadá desde 1973, al argumentar que pasa sobre su plataforma continental. La intención de España en este conflicto es que el Paso del Noroeste sea considerado como aguas internacionales por su interés pesquero.

La otra ruta, el Paso del Noreste, que comenzará a descongelarse en los próximos años, ya ha sido aprovechado por los rusos utilizando potentes rompehielos. Cruzarlo reduce a 13.000 kilómetros los 21.600 que separan Hamburgo de Tokio.

Tan sólo EE UU resta por ratificar el Tratado del Mar, lo que le da más tiempo para presentar los resultados de sus estudios. No obstante, si otras naciones demuestran antes su derecho podrían conseguir una mayor soberanía. El tiempo apremia y todos quieren ser los primeros en marcar sus posiciones. Si las cinco potencias interesadas no llegan a un acuerdo según lo establecido, la ONU podría imponer una Administración Internacional sobre el Ártico. Los enormes intereses que esconde la zona hacen pensar que los países interesados preferirán pactar antes que ceder a la humanidad el continente de hielo.