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Satelites

...navegando por la palabra clave

 
 

El sistema GPS puede fallar en 2010.

Domingo, 24 / mayo , 2009
GPS.

GPS.

El Gobierno estadounidense ha emitido un informe en el que alerta de que el GPS, que se ha hecho imprescindible en muchos aspectos de la vida diaria, puede comenzar a fallar el año que viene debido a la falta de fondos. Este estudio estima que son necesarios unos 2.000 millones de dólares (1.460 millones de euros) para actualizar la red de satélites que hacen posible el funcionamiento de los navegadores que muchos ciudadanos llevan en el coche.

Por lo visto, el Ejército del Aire estadounidense, responsable de la gestión de la red de satélites, ha descuidado sus tareas, señala el informe, elaborado por la Oficina de Responsabilidad Gubernamental, que advierte de que “existe una alta probabilidad de que la red caiga por debajo del número de satélites requeridos para proveer el nivel de servicio al que el Gobierno de Estados Unidos se ha comprometido”.

En la actualidad, la red dispone de entre 24 y 32 satélites en órbita alrededor de la Tierra y son necesarios al menos cuatro para localizar un punto determinado. Aunque en teoría podría seguir funcionando con menos de 24 satélites, los expertos alertan de que la precisión del sistema se reduciría notablemente.

Para el ciudadano de a pie esto supondría no obtener resultados tan exactos cuando busca un restaurante o una calle. Sin embargo, en el caso de la aviación comercial, que opera con un margen de precisión del 99,9%, la más mínima imprecisión podría tener graves consecuencias.

Una hipotética falta de precisión del GPS beneficiaría al sistema europeo Galileo, desarrollado por la Unión Europea (UE) y la Agencia Espacial Europea (ESA) para competir con el modelo norteamericano. Cuando Galileo empiece a funcionar -se espera que lo haga en 2011- tendrá un margen de error de sólo cuatro metros en horizontal y menos de ocho en vertical, prácticamente la décima parte del GPS.

Vigilar el espacio.

Sábado, 14 / febrero , 2009
Satelite espacial.

Satelite espacial.

El choque entre dos satélites a 800 kilómetros de altura sobre Siberia el primero de este tipo en la historia ha mostrado que la saturación de la órbita terrestre supone un riesgo real. Aunque ya existen sistemas de vigilancia del tráfico espacial, la tecnología aún no permite controlar todos los satélites que giran en torno a la Tierra. Iridium, la compañía propietaria de uno de los satélites de comunicaciones desintegrados el martes, asegura que no recibió ninguna advertencia antes de la colisión.

“El control de los satélites no es tan general y preciso como el del tráfico aéreo, pero la órbita y las maniobras de cualquier satélite operativo se controlan con bastante precisión”, afirma José Torres, director de programas espaciales del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). “El problema es que uno de los dos satélites que chocaron estaba fuera de servicio”, añade. Según Torres, si la trayectoria de colisión se hubiese previsto con suficiente antelación, el satélite operativo hubiese podido maniobrar para evitar el desastre.

El encargado de evitar estos percances es el NORAD (Mando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica), un organismo que depende del Departamento de Defensa de EEUU. Además de las limitaciones técnicas, en ocasiones, por motivos de seguridad nacional, la información sobre órbitas de satélites y trozos de basura espacial que proporciona el NORAD a compañías como Iridium es incompleta. Utilizando los datos que el Pentágono hace públicos, el investigador T.S. Keslo realizó un análisis a posteriori de las órbitas de los dos satélites. Si esos datos hubiesen sido correctos, los dos satélites deberían haber pasado a 584 metros del otro.

No solo las empresas privadas se enfrentan a las restricciones de información impuestas por el Pentágono. La Agencia Espacial Europea (ESA) también depende de EEUU para obtener información esencial sobre tráfico espacial. Según advirtió en noviembre Nicolas Bobrinsky, director de la División de Sistemas de Estación de Tierra de la agencia europea, en el último año, tanto la ESA como la agencia espacial francesa evitaron que algunos de sus satélites fuesen alcanzados por trozos de basura espacial gracias a información proporcionada por terceros países. Si por algún motivo estos datos hubiesen estado restringidos, las agencias europeas no habrían podido realizar las maniobras de evasión necesarias.

Para acabar con esta dependencia, en la última reunión de ministros de países socios de la ESA en La Haya (Holanda), se presentó el programa de preparación del Space Situational Awareness (SSA). Esta red de vigiliancia del espacio empleará radares y telescopios para poder seguir de manera precisa e independiente satélites, trozos de basura espacial e incluso asteroides que amenazasen la Tierra. Además, el SSA vigilará el clima espacial, prestando particular atención a los efectos de la actividad solar en los satélites y algunas infraestructuras terrestres como las instalaciones eléctricas.

El incremento del tráfico espacial ha obligado a idear sistemas para evitar la saturación y los riesgos provocados por la basura cósmica. Uno de los territorios con más densidad de satélites, pero al mismo tiempo mejor ordenados, es la órbita geoestacionaria. Allí, a 35.768 kilómetros de distancia, se ubican satélites meteorológicos como el Meteosat o de comunicaciones como los de Hispasat. Los espacios para colocar satélites son distribuidos por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), dependiente de las Naciones Unidas, de un modo similar a como son repartidas las frecuencias de radio para que unas no interfieran con otras. Además, según explica José Torres, los operadores que tienen satélites en esta órbita “están obligados a reservar un poco de combustible para que al final de su vida útil puedan dirigirse hacia una órbita un poco más alta que se conoce como órbita cementerio”. De este modo, cuando un satélite deja de funcionar, puede ceder su espacio para que lo ocupe un nuevo artefacto.

Otro de los lugares con gran densidad de satélites es la órbita baja, entre los 600 y los 800 kilómetros de altura, precisamente donde tuvo lugar la colisón el martes. Aunque para muchos usos la órbita geoestacionaria es más útil que la baja, el menor coste de situar allí un artefacto y la menor complicación técnica para transmitir información a la Tierra hace que sea muy utilizada.

A esta altitud, el método más sencillo para deshacerse de un satélite jubilado consiste en emplear una última reserva de combustible para lanzarlo contra la atmósfera. Eligiendo el grado de reentrada adecuado, el satélite se desintegraría por el calor de la fricción contra la atmósfera. La regulación de la órbita baja no es tan estricta como la de la geoestacionaria y esto permite que satélites como el ruso puedan continuar girando en torno a la Tierra años después de haber agotado su energía.

Junto a la retirada controlada de los satélites obsoletos, se han producido otras mejoras técnicas para reducir la cantidad de basura espacial incontrolada. “Antes, cuando los tanques de combustible se vaciaban, explotaban. Ahora ya se ha regulado para que no pueda suceder”, explica Torres.

Este tipo de explosiones, las fases que llevan los satélites hasta el espacio o los restos de choques como el del martes están en el origen de una gran cantidad de basura espacial que amenaza con dañar satélites que cuestan cientos de millones de euros. El inventario del Pentágono tiene localizados 18.000 objetos de más de diez centímetros de diámetro, el mínimo observable con la tecnología actual. “El peligro está en los trozos que miden entre uno y diez centímetros”, apunta Torres. “Para los más pequeños, se pueden colocar protecciones y los más grandes se controlan”, añade. A 27.000 kilómetros por hora, un tornillo de cinco centímetros se convierte en un proyectil con gran capacidad destructiva. Los paneles solares del telescopio espacial Hubble, devueltos a la Tierra después de una misión de recambio, muestran numerosos impactos de pequeños objetos, y las cicatrices también son numerosas en el fuselaje de los trasbordadores espaciales. Ellos, al menos, sobrevivieron.

Chocan dos satélites.

Viernes, 13 / febrero , 2009
Satelite espacial.

Satelite espacial.

Un satélite militar ruso y otro perteneciente a la compañía estadounidense de telecomunicaciones Iridium colisionaron el pasado martes en la órbita terrestre a 790 kilómetros de altura sobre Siberia, según confirmaron hoy fuentes de la NASA. El jefe científico de residuos espaciales de la agencia espacial de EEUU, Nicholas Johnson, dijo que “es la primera vez que dos astronaves intactas han colisionado accidentalmente”.

El Gobierno ruso confirmó el incidente por medio del general Alexander Yakushin, quien detalló que se trataba de un satélite Kosmos de casi una tonelada, lanzado en 1993 y que dejó de operar dos años más tarde. Según la BBC, el Gobierno ruso declinó comentar sobre una posible pérdida de control de su satélite, mientras que Iridium ha negado cualquier error por su parte. El aparato de Iridium, de 560 kilos y lanzado en 1997, formaba parte de una constelación de 66 satélites destinados a la telefonía.

La colisión produjo dos nubes de basura espacial a altitudes entre 500 y 1.300 kilómetros. Estos pedazos podrían representar un peligro para otros satélites, por impacto directo o por colisiones en cascada con otros objetos que orbitan la Tierra. El mando estratégico de EEUU mantiene un seguimiento de unos 18.000 objetos, a los que han añadido ya más de 600 resultantes de esta colisión.

Según el portavoz de la NASA, John Yembrick, “los escombros se moverán y se esparcirán, pudiendo impactar en otros. Eventualmente pueden caer y descender en sus órbitas”. La NASA ha aclarado que será necesario esperar varias semanas para valorar la magnitud de los escombros y el riesgo para otros satélites. La agencia rusa Interfax cita a un experto que advierte del peligro de colisión con satélites rusos inactivos que portan reactores nucleares.

Riesgo para la ISS.

En cuanto al riesgo de que un fragmento pudiera impactar con la Estación Espacial Internacional (ISS), que orbita unos 400 kilómetros por debajo del lugar del accidente, la agencia espacial rusa Roskosmos ha manifestado que no hay peligro. La NASA, en un documento interno filtrado al diario The Washington Post, señala de forma confusa que el riesgo es “muy pequeño” pero al mismo tiempo “elevado”.

Yembrick apuntó que “la ISS tiene la capacidad de efectuar una maniobra de evasión si fuera necesario”, algo que ya ha realizado anteriormente en ocho ocasiones. Actualmente la ISS está ocupada por tres astronautas, dos estadounidenses y un ruso.

Según fuentes de la NASA, otros aparatos pueden correr un riesgo más real; entre ellos, los restantes de Iridium, que circulan en órbitas polares cercanas a la del satélite destruido, o el telescopio espacial Hubble, que vuela a una altura próxima a la del accidente.

La agencia espacial de EEUU mantiene su previsión de lanzar el transbordador Discovery con destino a la ISS a partir del 22 de febrero, aunque precisó que dependerá de los resultados del seguimiento de los escombros espaciales.

Colapso en la circunvalación.

El tráfico en órbita parece llevar el mismo camino hacia el colapso que el de las grandes ciudades. Desde el lanzamiento del Sputnik 1 en 1957 se han puesto en órbita más de 6.000 satélites, de los cuales siguen activos unos 3.000, según la NASA. A los aparatos hay que sumar cantidades ingentes de fragmentos algunos expertos hablan de millones de todos los tamaños. Dada la enorme velocidad de los objetos, más de 25.000 kilómetros por hora, hasta una minúscula astilla de pintura puede provocar un desastre.

Estos fragmentos ya han puesto en peligro vidas humanas. En 2007, un Airbus en vuelo desde Santiago de Chile a Auckland (Nueva Zelanda) estuvo a punto de ser golpeado por chatarra de un viejo satélite ruso que adelantó su reentrada en la atmósfera.

El aumento más drástico de basura espacial se produjo en 2007, cuando China ensayó un sistema de misiles para derribar un viejo satélite, lo que liberó más de 2.000 pedazos mayores que una pelota de golf.

En los últimos 20 años se han producido tres colisiones menores de basura espacial con un satélite, pero nunca antes un choque entre dos aparatos intactos.

Los expertos advierten del riesgo del síndrome de Kessler, un colapso en cascada que impediría el tráfico.

El ‘Hubble’ halla C02 en un planeta.

Jueves, 11 / diciembre , 2008
Satelite espacial.

Satelite espacial.

A pesar de su extraño nombre, HD 189733b es un viejo conocido de los astrónomos. A 63 años luz de la Tierra, en la constelación Vulpécula, este planeta extrasolar de tamaño parecido a Júpiter fue descubierto por un grupo de investigadores franceses el 6 de octubre de 2005. Y desde entonces ni ellos ni cientos de colegas de todo el mundo han dejado de observarlo con cuidada atención.

Este fue, por ejemplo, uno de los dos primeros planetas extrasolares que se pudieron observar directamente con un espectroscopio, lo que permitió averiguar muchos de los elementos que componen su atmósfera. En 2007, utilizando los telescopios orbitales Spitzer y Hubble, se confirmó que la atmósfera de HD 189733b contenía vapor de agua y más tarde, este mismo año, también compuestos orgánicos, entre ellos metano.

Pero ahora, de nuevo gracias al telescopio Hubble, Mark Swain, científico del Jet Propulsion Laboratory, de la NASA, ha podido determinar también la presencia de dióxido y monóxido de carbono, un paso de excepcional importancia en la carrera hacia la búsqueda de formas de vida fuera de la Tierra.

En principio, con sus casi 700 grados de temperatura superficial, HD 189733b está demasiado caliente como para que en él haya vida. Pero los datos obtenidos con el Hubble son una clara prueba de que la química básica de la vida puede ser rastreada con la tecnología actual en lejanos planetas en órbita de otras estrellas. «El dióxido de carbono es el principal motivo de nuestra excitación -explica el propio Mark Swain- porque, si se dan las condiciones adecuadas, su presencia puede tener una conexión directa con actividad biológica, tal y como sucede en la Tierra. El hecho es que hemos sido capaces de detectarlo, y estimar su abundancia es un gran paso en el esfuerzo por caracterizar mundos que puedan albergar vida».

Los gases que componen la atmósfera de HD 189733b absorben ciertas longitudes de onda de la luz que procede del caliente y brillante interior del planeta. Y Swain ha conseguido identificar dióxido y también monóxido de carbono.

Sus moléculas dejan una huella única en el espectro electromagnético de los rayos luminosos del planeta que alcanzan la Tierra. Y esa huella puede ser identificada con los instrumentos del Hubble. Es la primera vez que se realiza este tipo de observación en un planeta extrasolar.